10/23/2012

“OPOSICION, IMPOSICION RESIGNACION Y CARGADA.” PRIMERA PARTE.



Joaquín Ortega Arenas.

 Hace ya 140 años, se inició en nuestro atribulado México un círculo vicioso que se apoderó de la vida política que, por más esfuerzos realizados no ha sido posible romper.
Corría el año de 1858 y la Constitución aprobada el año anterior era motivo de intensas riñas entre Conservadores y Liberales. Ignacio Comonfort,  Presidente de la República, se dio a sí mismo un Golpe de Estado  desconociendo la Constitución de 1857, apoyado por el ejército (las tropas de Leonardo Márquez)  y el Clero, designándose a Félix Zuloaga Presidente.  Benito  Juárez, Presidente de la Suprema Corte de Justicia, por Ministerio de la Ley fue instituido Presidente de la República  en la Ciudad de Guanajuato en el año de 1858 permitiendo el acceso al poder de los únicos verdaderos patriotas que conocemos en nuestra historia y seguimos llamando con respeto y veneración como los “Hombres de la Reforma”. Perseguido por los eternos enemigos de México, auspiciados por la Alta aristocracia y el Clero, emigró en un recorrido ininterrumpido de varios años, cargando sobre sus espaldas la casi desconocida “legalidad”. Siguió la Intervención Francesa, y el Imperio de Maximiliano Primero y Juárez y su gente soportaron todos los acosos posibles, hasta que el 15 de julio de 1867, cuando que regresó triunfalmente a la Ciudad de México, después de que la intervención francesa había terminado con el fusilamiento del Emperador Maximiliano en el Cerro de las Campanas en Querétaro.
No terminaron los problemas de Benito Juárez con la vuelta a la Ciudad de México, pero los fue sorteando con el acoso constante del General Porfirio Díaz, que se levantó en armas con el “Plan de la Noria” con el que  ávido de poder, trataba a toda costa de obtenerlo.  El  18 de julio de 1872, murió Juárez en el Palacio Nacional,  amenazado por el levantamiento armado del General Díaz que consideraba que se estaba “eternizando en el poder”,  aunque solo pudo ejercerlo  a partir del año 1867,  y lo empleó para entronizar las “Leyes de Reforma”, desgraciadamente hoy olvidadas  por los “Regímenes Revolucionarios”. Lo sucedió por ministerio de la Ley el Presidente de la Suprema Corte, Sebastián Lerdo de Tejada que convocó a elecciones para el periodo 1872-1876. Porfirio Díaz, otra vez con las armas en la mano se postuló y fue derrotado por Lerdo de Tejada, pero no cejó en su empeño sosteniendo como bandera la “No reelección” y publicando un periódico satírico antigobiernista que llamó “El Ahuizote”. Su impaciencia, terminó en  sublevación con el Plan de Tuxtepec al que hizo triunfar en la Batalla de Tecoac. Realizó una alianza con los conservadores y el clero y por fin, pudo triunfar en las elecciones celebradas en el año de 1876, permaneciendo en el poder hasta el año de 1880, en que para no contrariar todavía el principio que había orientado su rebeldía,  impuso a su compadre el general Manuel González. Su compadre se dedicó la más descarada de las corrupciones antes conocidas auspiciado por el propio General Díaz y Manuel Romero Rubio. Su afición por las mujeres lo colocó siempre en el escándalo,  y devolvió  la Presidencia a Díaz que de esa manera inició el segundo de sus períodos presidenciales,  renovado cada cuatro años casi sin oposición, excepción hecha la que promovieron en 1892 los Hermanos Flores Magón, ahogada en sangre. Fue durante los Gobiernos de Díaz la aparición de otro fenómeno catastrófico para la democracia en México, “la cargada”. Los presuntos opositores al régimen,  una vez perdida la lucha política se “resignaban” y entregaban completamente al poder en busca de ganancias y canonjías que el Presidente no regateaba.  Llegaron las elecciones del año 1910 en que surgió la figura de Francisco I. Madero con el Partido Antirreleccionista.  Fue detenido y encarcelado en el mes de julio y deportado antes de las elecciones en las que el triunfo de Díaz fue arrollador. La ya inefable resignación de los derrotados y su ingreso a la  “cargada” logró que las Fiestas del Centenario de la Independencia fueran tremendamente celebradas. Poco duró el gozo. En el mes de abril de 1911, cinco regimientos de“Rangers” bajo el mando de un sudafricano apellidado Valjean y Giuseppe Garibaldi; dos bandas de forajidos   al mando de  Doroteo Arango, que ya se hacía llamar Francisco Villa, y Pascual Orozco,  tomaron Ciudad Juárez, el antiguo San José de Paso del Norte.
 El Presidente Díaz, aquejado por un terrible dolor de muelas renunció a su cargo. Se designó Presidente Provisional a Francisco León de la Barra, que convocó a elecciones en las que triunfó arrolladoramente Francisco I. Madero.  Se acabaron como por ensalmo los partidarios de Porfirio Díaz. Todos los mexicanos “resignados”, se convirtieron en Maderistas y, obviamente “La Cargada” se vio como nunca, coronada por la gloria.  Poco duró el gusto. Madero, terrateniente norteño, ilustrado, en cuanto empezó su mandato “licenció a las fuerzas revolucionarias” (que en verdad nunca existieron)  y se entregó de lleno al ejército federal. Sus ideas conservadoras lo obligaron a enfrentarse, con una furia inusitada, a los campesinos del Estado de Morelos que representaba Emiliano Zapata.  En vano  sus “Generales” trataron de acabar con los surianos levantados en armas, lo que fue menguando fue la gran popularidad que lo había acompañado. A principio del año de 1913, se suscitó un Golpe de Estado auspiciado por el Embajador de los Estados Unidos, cuyo País ya veía su incapacidad para corresponder a la ayuda que le habían prestado. Valido nada más ni nada menos que  de Victoriano Huerta, a quién Madero había designado Jefe del Ejército, que lo detuvo en el Palacio Nacional  y prohijó su asesinato previa renuncia que le fue arrancada por la fuerza, hechos notorios para todo el pueblo que solo 14 meses antes lo había consagrado como su héroe máximo, pueblo olvidadizo que, “resignado”,  se entregó al regocijo y  festejos sin fin por su asesinato.  Otra vez “la cargada” cambió de rumbo. Victoriano Huerta era hoy el héroe. Madero el villano.
El antiguo senador y gobernador Porfiriano  del Estado de Coahuila, Venustiano Carranza se levantó en armas  con el Plan de Guadalupe y tras batallas, crímenes, robos, violaciones y atropellos sin cuento, que lograron modificar la lengua española al crear nuevos verbos, como “carrancear y “avanzar”, sinónimos de robar, asesinar, violar, y destruir;  se  hizo llamar “Primer Jefe del Ejército Constitucionalista” el 14 de octubre de 1914.Por sus eternas veleidades tuvo dificultades para gobernar hasta que se rebelaron Francisco Villa y Emiliano  Zapata obligándolo a retirarse hasta Veracruz en donde gracias a la genialidad de Luis Cabrera, promulgó la “Ley Agraria de 6 de enero de 1915 “ que le recuperó parte del prestigio que había perdido. Álvaro Obregón derrotó a Francisco Villa en Celaya y Zapata se retiró a su tierra. El 14 de marzo de 1916, Carranza permitió la entrada de 10 000 soldados estadounidenses y varios aviones “Curtiss-R2. bajo el mando de los Generales  John J. Pershing y Dwight D. Eisenhower, con el pretexto de que iban a capturar a Francisco Villa que unos días antes, había atacado la Ranchería de Columbus, en la frontera con México. Fue electo presidente el 1 de mayo de 1917.
 Con la presencia invisible, pero sensible de las armas yanquis, Carranza convocó a un Congreso Constituyente que inició sus trabajos en la Ciudad de Querétaro el 1 de diciembre de 1916  y dictó la Constitución vigente aun (con más de dos mil enmiendas y adiciones) que fue promulgada el 5 de febrero de 1917,  y como verdadero “milagro” el día 7 del mismo mes y año, el ejército norteamericano abandonó el País.

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